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Wednesday, 11 November 2009

Amapolas en el Alma




Hoy, 11 de noviembre, se celebra en Inglaterra el Día del Recuerdo, en honor de todos los caídos en las guerras. Uno de los símbolos de esta fecha es la amapola roja y se estuvieran aquí verían a la mayoría de las personas con una amapola de papel prendida al pecho. Este símbolo surge de una de las historias más crueles, raras y verdaderas en el folklore británico:

Durante la Primera Guerra Mundial, los británicos y los alemanes se enfrentaron en una gran batalla. EL numero de británicos era inferior a los de los alemanes, pero aun si, los generales (cuando no) insistieron en que los muchachos se lanzaran a tratar de conquistar un territorio, que en retrospectiva, no hubiera hecho mucha diferencia. Había 10 alemanes por cada soldado británico y dicho en criollo, los muchachos fueron utilizados como carne de canon, a luchar una batalla que todos sabían que no podían ganar.

La matanza fue brutal.

La campiña quedo cubierta de sangre y cuerpos de chicos entre los 15 y los 25.

Esta batalla ocurrió en un campo de amapolas, aun sin florecer. Al día siguiente de la masacre, encontraron no solo los cuerpos sino miles y miles de amapolas, tan roja como la sangre, cubriendo el terreno como una gran sabana escarlata. La teoría científica es algo así que las amapolas estaban invernando bajo tierra y el ruido de los cañones y las ametralladoras las despertaron antes de lo debido. La teoría romántica es que la naturaleza se unió al dolor de las familias, reflejando en lo rojo de las flores la sangre derramada.

Hasta hace poco, algunas personas usaban una amapola blanca en vez de roja, para expresar su apoyo a los soldados muertos pero su repudio a la guerra. Pero estas parecen haber pasado de moda. Esta fecha es muy importante y la reina y la familia real suelen poner coronas de amapolas en la tumba del soldado desconocido, al igual que representantes del gobierno y embajadores de las ex-colonias británicas, ya que mucha de su gente lucho y murió con los británicos es sus diversas guerras.

Hace 91 anos, un 11/11 a las 11:00 en punto, termino la Primera Guerra Mundial. Hoy toda la nación se detiene y guarda silencio por dos minutos, algo muy conmovedor, especialmente si se tiene en cuenta que la semana pasada 6 muchachos de entre 18 y 27 murieron en Afganistán. Martin y Rebecca van asistir a un servicio en la catedral, pero yo decidí quedarme, en parte para hacerle compañía a mi suegra y en parte porque hay una parte de mi que se pregunta: ¿de qué valen las misas si se siguen mandando jóvenes a la guerra (Afganistán), que de acuerdo con la gran mayoría, es imposible ganar? ¿De qué sirven las amapolas, si a la hora de la verdad, ataúdes cubiertos con banderas siguen viniendo semanalmente a madres y padres, esposas y esposos, hijos e hijas? Alguien titulo a la Primera Guerra Mundial como "La Guerra que Acabaría con Todas las Demás Guerras". Noventa anos después y siguen floreciendo amapolas de dolor en el corazón de miles de personas en todas partes del mundo

Sunday, 4 October 2009

Si Así Es El Primer Mundo…



Leer el periódico es, por lo general, una mala idea. A menos que uno esté buscando trabajo o la agenda cinematográfica, normalmente terminará deprimido, preocupado, amargado, indignado o con ganas de agarrar la maleta y huir al continente mas cercano. Empero, los domingos tienden a ser algo diferentes y uno se acerca a la noticia impresa con un cierto espíritu intelectualoide, culto y/o juguetón. Los domingos son días para leer ensayos trascendentales, planear futuros viajes a Marruecos, enterarse de las nuevas tendencias de la moda, descubrir el nuevo templo culinario de la ciudad y enterarse que algún príncipe olvidado pisó nuestra condado cien años atrás. Y fue con esa intención que hoy me senté a leer el periódico dominical, mientras me tomaba el cafecito de la tarde.

Craso error.

Si he de creer a la prensa escrita, Inglaterra vive la peor crisis moral de su historia (y estamos hablado de unos 2000 años de historia escrita) y está bajo el poder del gobierno más inepto que se haya conocido. En la primera página, una anciana de 71 años mira directamente a la cámara mientras el titular me informa que ha sido arrestada por atacar a un “yob”. Un yob es lo que en Venezuela llamaríamos “malandro” y en otras partes de Latino América “guapetón de barrio”. ¿El gran crimen de la mujer? Tocar el pecho del tipo con su dedo mientras éste la agredía verbalmente. EL yob se quejó y la abuelita fue a parar de patitas a la comisaría.

En la página dos me enteré que la agencia protectora de niños, tratando de cumplir la política de no “permitir que los niños vean a otros sufriendo, ya que esto los estresa y se puede considerar abuso” ha comenzado a separar a la fuerza y dar en adopción obligada a los hijos de las mujeres maltratadas por sus parejas. Por lo visto separar a un niño del amor de su madre no causa mayor trauma y supongo que en el futuro las mujeres tendrán que decidir si denunciar a sus maltratadores y arriesgarse a que le quiten a sus niños, o quedarse calladas y hacer como antaño: sufrir en silencio y esperar algún milagro.

La pagina tres es peor que las anteriores y mientras la leo estoy comenzando a pensar a que parte del mundo me voy a mudar. Al parecer, existe otra política gubernamental que contempla que un bebé nacido antes de las 22 semanas es un aborto espontaneo y no se debe malgastar recursos tratando de salvarlo, porque, técnicamente, esta muerto –aunque se mueva, llore y agarre la mano de su madre. Esto le sucedió a una pobre mujer, quien “abortó” a un bebé un día antes de que cumpliera las 22 semanas. Por dos horas sostuvo a su hijo, el cual lloraba y respiraba con dificultad. Por dos horas el bebé le agarró sus dedos, se acurrucó contra su pecho. Y por dos horas la madre desesperada pidió ayuda a los médicos y enfermeras del lugar –inútilmente. Nadie le tendió la mano y su hijo murió en sus brazos. Cuando abrió una página en facebook descubrió que no era la única y que muchos padres han pasado por la tragedia de ver, literalmente, cómo sus hijos son arrojados al cubo de la basura mientras aun respiran.

Los profesionales de la medicina en Inglaterra parecen haber olvidado que su trabajo es salvar vidas. Hace unos días decidieron no ayudar a una mujer que intentó cometer suicidio y quien les entregó una carta pidiéndoles que no la salvaran. Esta joven estaba sufriendo una fuerte depresión clínica y se especula que llamó a la ambulancia para que los médicos le aliviaran el dolor causado por el anti congelante que ingirió y fallecer así de manera pacífica en el hospital. Los médicos la dejaron morir sin darle siquiera una aspirina, por temor a violar sus derechos humanos. En otro incidente, la familia de una anciana que llegó confundida y medio comatosa a un hospital, tuvo que lidiar con una enfermera que les insistía en que firmaran una autorización de no resucitarla, para así sacarla de su “sufrimiento”. Pero una vez que la diagnosticaron con un problema de tiroidismo y la trataron, la señora despertó con todas sus facultades intactas y lista para seguir disfrutando la vida junto a sus nietos.

Creo que esta de más decir que después de esto no me atreví a leer la pagina cuatro del periódico. Quizás fue tan solo una mala semana. Pero creo que es hora de que Inglaterra comience a mirar los valores que está promulgando en su sociedad y entre en un debate sincero sobre lo que significa la preeminencia humana, la familia, la compasión, el sentido común, y el lugar que ellos tienen en la visión política el estado. De nada vale ser un país rico y progresista si sus ciudadanos son tratados como mercadería de segunda y se usan a los derechos humanos como cortina para cubrir y justificar muerte, dolor e indignidad.

Wednesday, 14 January 2009

El Mito Inglés.




Si Inglaterra fuera un poco más mitológica, estaría en la misma categoría que el Monte Olimpo, las Mil y Una Noches y la Odisea. Y no me refiero a los cuentos y leyendas de su folclor, sino a la idea que muchos extranjeros tenemos sobre esta tierra. La primera que me viene a la mente es pensar en Inglaterra y en Europa cómo lugares casi sinónimos y fácilmente intercambiables. Si bien es cierto que geográficamente la tierra de Shakespeare pertenece a Europa, el inglés común no comparte esta visión. Ni se considera europeo, ni piensa (con razón o sin ella) que su cultura sea equiparable a la del “continente”, cómo llama a esa gran masa de tierra al otro lado del canal de la Mancha. El único beneficio que la mayoría de los británicos encuentran en la inclusión de Gran Bretaña en la Unión Europea, es el poder viajar sin tener que hacer tantos trámites. Pero en líneas generales, el pueblo llano ve esta alianza política con desconfianza y hasta resentimiento, y por ello no es raro leer en los periódicos sobre la “tiranía” o “dictadura” de Bruselas, donde un grupo de extranjeros pretenden imponer sus opiniones sobre el pueblo inglés.

El segundo mito es la idea de que éste es, y siempre ha sido, un país rico. Es posible que la Inglaterra del siglo 21 de crédito a dicha percepción, particularmente si uno viene de un país en vías de desarrollo y está acostumbrado ha encontrar perros callejeros, niños de la calle y mendigos en las esquinas. De la lista anterior, lo único que he visto hasta ahora han sido un par de mendigos. Ahora, el que no haya miseria, no quiere decir que no hay pobreza. Sólo hay que ir a las tiendas de segunda mano y de caridad, para ver que siempre tienen clientela. Algunas comodidades que mucha gente -pobre, clase media, ni hablar de los ricos- da por sentadas, son de reciente data en Inglaterra. Hasta unos 10 años después de la Segunda Guerra Mundial (es decir, unos 50 años atrás), la mayoría de las casas de la gente común, o no tenían sanitarios y compartían una letrina común con los vecinos, o tenían el lujo del “water clock,” pero no el de la bañera integral, así que los baños se daban en una tinas portátil de latón, en la cocina en el verano y en la sala, frente a la chimenea, en el invierno. Hasta bien entrado los setenta, lo normal era alquilar la lavadora, el televisor y hasta la tostadora y un carro propio era algo que pocos tenían, por lo cual no es raro encontrar personas adultas que jamás aprendieron a manejar.

Basta con leer a Dickens, para entender que incluso en la época del gran imperio y la revolución industrial, el británico promedio era pobre, con madres abandonando a sus hijos recién nacidos, literalmente, en la calle por falte de medios para mantenerlos y niños, desde los 5 años en adelante, trabajando 14 horas diarias en las minas, en los campos, en las fábricas y en las chimeneas. La clase media de la época, si bien es cierto que estaba en mejores condiciones, sería considerada humilde hoy en día. Un vestido nuevo, dos veces por año, era una extravagancia; la gente sólo encendía más de una vela si tenía visitas, para que no fueran a creer que eran pobres de solemnidad. Los periódicos eran tan caros que se alquilaban y rodaban de casa en casa, hasta llegar, con semanas de atraso, a las villas rurales. Lo mismo ocurría con los libros, lo que dio origen a las bibliotecas públicas. De hecho, un libro era un artículo de tanto lujo, que los realmente pudientes (la pequeña minoría que siempre ha existido, únicos beneficiarios de las riquezas del país), tenían bibliotecas privadas, con su bibliotecario particular, no sólo por cuestión de educación y amor a la literatura, si no por el status que los libros otorgaban. Así que un libro encuadernado era considerado cómo la versión victoriana del BMW. Comparado con el boato de Francia, Alemania y Rusia, los ricos ingleses eran una especie de parientes pobres de las aristocracias Europea. Si comparamos Versalles con, por ejemplo, Hampton Court, veremos que a los reyes ingleses, o les faltaba barroquismo, o no les alcanzaba el dinero.

El tercer mito es una mezcla de ideas que podríamos etiquetar cómo “culturales”. Empecemos con Shakespeare. Hoy en día, incluso para algunos británicos, hablar del Bardo es hablar de lenguaje exquisito; entrar en una aguda conversación intelectual sobre la genialidad de este escritor sin (o por lo menos con muy pocos) par; es vestirse de gala y sentarse en un teatro, en silencio; es decir, de manera indirecta, que uno ha recibido una educación esmerada, de la más alta calidad. Todo lo anterior tiene su grado de veracidad. Lo que muy pocos saben es que, para la época, Shakespeare era el equivalente del escritor de telenovelas moderno. Un Julio Cesar Mármol, mezclado tal vez con Christian Meier, porque el William también fungió de actor. La mayoría de los teatros Isabelinos se encontraban en la zona “roja” de Londres y el público que asistía a ellos incluía prostitutas, taberneros y soldados de oficio, que vociferaban a todo pulmón sus opiniones durante la función. La profesión de escritor de teatro/actor tenía tanto prestigio (sin ánimos de ofender) cómo la de, digamos, barbero, carnicero, y mariachi de tercera categoría.

Con esto no pretendo desmerecer la obra de Shakespeare. Al contrario. A mis ojos el hombre es un semi-dios y está en el altar de mis ídolos personales. Mi intención es ilustra como el tiempo y la ignorancia le dan un cariz particular a una persona o un pueblo que poco tiene que ver con la realidad. Cómo, por ejemplo, la impresión que muchos tenemos de que el inglés de a pie, después de tomar su té con el meñique alzado, se calza un par de pantuflas, enciende una pipa y después de escuchar las noticias de la BBC, se entretiene viendo la versión televisiva de Oliviero Twist. Estoy segura de que muchos británicos los hacen y no hay quien le gane a la BBC a la hora de hacer un drama de histórico. Pero una gran cantidad de ingleses beben cerveza en pubs; ven el Gran Hermano o una pésima novela llamada Coronation Street, donde la gente lo que hace es ir al abasto y después, (¿a dónde más) al pub; dejan los estudios formales a los 16; son seguidores del culto a la celebridad; y ven las noticias sólo para enterarse sobre el estado del tiempo. Excepto por mi suegra, no conozco a nadie que tomé el té en hojas, ni que lo sirva en lo que los inglesas llaman tazas de “verdad”; es decir, tazas tengan una base mas estrecha que el cuerpo. Todas mis amigas usan el té de bolsita y lo sirven en gigantescos tazones cilíndricos. Los famosos bocadillos de pepinillo han dado paso ha galletas compradas en el supermercado y el ritual de las cinco de la tarde se lleva a cabo cuando hay tiempo, no cuando repican cinco veces las campanas del Big Ben. Quizás las damas y caballeros de alta cuna todavía respetan la tradición inglesa del té, pero cómo todavía no conozco ni siquiera aún “Sir”, nos les sabría decir, aunque yo apostaría más por los viejitos, más aferrados al pesado y con mayor disponibilidad de tiempo, para pasar una hora haciendo lo que a los demás nos toma diez minutos: beber y engullir.

(continuará)